jueves, 19 de julio de 2007

Laicismo con voluntad de escucha

José Antonio Pérez Tapias
Diputado del PSOE
[Personal Nacido el 3 de junio de 1955 en Sevilla . Casado, 2 hijos. Doctor en Filosofía. Licenciado en Filosofía y Letras. Licenciado en Teología. Profesor titular de Filosofía en la Universidad de Granada. Militante del PSOE. Miembro de la Corriente de Opinión "Izquierda Socialista". Afiliado a UGT. Delegado de Cultura de la Junta de Andalucía en Granada desde 18 de Mayo de 2004 hasta el 11 de Diciembre de 2006.]
Con el trasfondo de voces eclesiásticas lanzando injustificables andanadas, no sólo contra el Gobierno de Zapatero, sino contra el Estado democrático de derecho, resultó un remanso de paz el acto al que pude asistir hace unos días en Madrid, en el que se presentaba un libro que trata con todo rigor el tema de la laicidad. Su autor, Antonio García Santesmases, profesor de filosofía política, nos tiene acostumbrados a su discurso incisivo y bien argumentado. A esa tónica responde su obra, recientemente publicada, aparecida con el título "Laicismo, agnosticismo y fundamentalismo". Con esos términos anuncia su contenido desde la portada. En ella se aborda la cuestión de la laicidad planteándola como una condición necesaria en nuestras sociedades democráticas y pluralistas para una convivencia en la que se vean respetados los derechos de todos.
El autor del mencionado libro no oculta desde dónde trata personalmente la cuestión: desde una posición agnóstica que, sin embargo, necesita a su vez ser esclarecida, pues el laicismo no tiene por qué ser ni agnóstico ni ateo, como tampoco antirreligioso. Es más, resulta necesario que sea asumido desde al campo de las diferentes confesiones religiosas, pues lo que busca es generar las condiciones sociales y políticas para que podamos convivir en nuestra sociedad, en igualdad de derechos, sin discriminaciones, los de unas religiones y los de otras, los que se adscriben a alguna confesión religiosa y los que no tienen ninguna, los que son creyentes y los que se sitúan del lado de la increencia. Cada uno tiene derecho a su sitio bajo el sol de la democracia, que debe avanzar hacia un Estado efectivamente laico, con separación entre la Iglesia y el Estado, para asegurar que a todos se trata conforme a lo que exigen la justicia y la igualdad, sin merma de las libertades de cada uno y sin privilegios para nadie. La laicidad se sitúa en el polo opuesto al que ocupan los proyectos fundamentalistas y las prácticas integristas, en los que lo político queda desvirtuado por su sometimiento a la religión, en manos de un aparato clerical dispuesto a imponer su idolátrica verdad abusando de su poder. La democracia necesita de la laicidad si quiere responder a las exigencias de dignidad que la ciudadanía conlleva.
Si ahora traigo todo esto a colación no es meramente por dar cuenta del contenido de un libro que merece ser leído, sino para comentar también por dónde fue la presentación a la que aludía al comienzo. Lo que hizo que ese ritual, tan frecuente para dar la bienvenida a un libro, se convirtiera en un encuentro especial fue que en el mismo, junto al autor, compartieran mesa otras personas de reconocida solvencia, que venían a dialogar procediendo de órbitas diferentes. De padrino de tan laica ceremonia hacía Ignacio Sotelo, filósofo y profesor de la Universidad Libre de Berlín, que con el bisturí que siempre le acompaña diseccionó la obra para dejar en el aire la pregunta por el modelo de laicidad del que hablamos, sus presupuestos de fondo y sus consecuencias prácticas. Después pasó la palabra a Rafael Díaz-Salazar, proveniente del campo cristiano y acreditado sociólogo, y a Luis Gómez Llorente, persona bien conocida en la izquierda, militante histórico del PSOE, adalid en el empeño por la laicidad y en la defensa de la escuela pública. Ambos, con acentos distintos, empezaron subrayando la oportunidad y la profundidad de los argumentos de García Santesmases. En el caso de Gómez Llorente fue una delicia, sorprendente quizá para quienes no le conocen, oír no sólo su obligado panegírico a favor del libro y de su autor, con el que le une una estrecha amistad tras décadas de compartida militancia en la corriente Izquierda Socialista del PSOE, sino la exposición que hizo del laicismo con abundante cosecha de referencias teológicas y de historia de la Iglesia. Díaz-Salazar, por su parte, vino a ensalzar la obra por la solidez de su reflexión filosófica y por la clarividencia de su enfoque político. Éste no se limita a poner en relación el debate actual sobre laicidad y religión con otros vectores de la actualidad, sino que va más allá al operar con un concepto de laicidad que trasciende el laicismo de corte liberal para inscribirse en uno de signo socialista, atento a las condiciones para el ejercicio de nuevos derechos, no circunscritos exclusivamente a los derechos civiles de honda raigambre en la historia de la democracia.
A quien hablaba desde la sociología no se le pasó por alto el fondo del agnosticismo de García Santesmases, no identificable con una posición de no creencia indiferente a qué ocurre en el ámbito de la religión. Al autor de "Laicismo, agnosticismo y fundamentalismo" le ha ido interesando la religión cada vez más, a medida que ha ido comprobando su fuerza como dimensión antropológica y su densidad como hecho sociocultural. Por lo demás, el Dios al que se refiere este agnóstico para dejar en suspenso toda creencia teísta es, en el hueco de su ausencia, aquél al que se refería el filósofo Max Horkheimer cuando hablaba del "anhelo de lo totalmente Otro", a cuyo vacío dirigía su mirada para manifestar su paradójica esperanza en que "la injusticia no tenga la última palabra".
En la presentación del libro quedó patente que su autor venía de un largo recorrido en el que había pensado la laicidad repensando a su vez la religión. Una de las conclusiones de su "voluntad de escucha" es que el logro de un Estado laico, más allá de la etapa transitoria de un Estado aconfesional, requiere la alianza del movimiento laicista con los sectores abiertos, humanistas, de las confesiones religiosas, capaces de defender la laicidad del Estado y de la escuela como algo compatible con la religión que profesan. Tal implicación de esos sectores eclesiales, y de los demócratas cabales sea cual sea su religión, es de todo punto necesaria, y hasta urgente, pues a la vista está la antidemocrática campaña contra las exigencias de laicidad montada por el sector duro del episcopado español, con buenos apoyos mediáticos y la alianza con un PP que para esta batalla pone su neoconservadurismo por delante de su neoliberalismo. Arreciarán las infundadas acusaciones de relativismo, de laxitud moral, de persecución a la Iglesia, de manipulación de conciencias, de corrosión de la familia…, así por lo menos hasta las elecciones próximas. Lo vaticinaba Gómez Llorente, sabiendo bien de lo que hablaba. El caso es que, con los tiempos que corren, pudimos comprobar que pararse a dialogar sobre laicismo y religión no es un lujo cultural, sino algo necesario para nuestra democracia.

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