jueves, 17 de enero de 2008

La imaginación neoliberal

Diego Taboada Varela.
Rebelión.org
En su tiempo era el destino único en lo universal, la indisoluble unidad de la patria, el cristianismo como llave, puerta y antemural de la españolidad. Ahora el discurso se ha quedado obsoleto; ante la imposibilidad de echar mano del ejército para regenerar la "identidad" de España o liberarla del "fundamentalismo laico" que aboga por la separación real Iglesia-Estado, y el "separatismo" que aboga por abrir de nuevo el debate sobre la conveniencia de repensar el modelo territorial de estado, la extrema-derecha española, reconvertida en un infumable y atávico pastiche político que mezcla el neoliberal populismo de mercado, el asqueroso racismo identitario del nacional-catolicismo, el discurso estatólatra que oferta ante todo "seguridad" en un mundo en "crisis" -los derechos civiles y la igualdad, al parecer, no importan-, el rígido e inamovible constitucionalismo que, como no, necesita de su propia intelectualidad orgánica, tanto en la prensa escrita y en los medios de comunicación social, como en algunas universidades, para convencer al pueblo de la existencia de cierto "espíritu" santo de la transición, en la que la monarquía funcionó como elemento salvífico que la "liberó" (sic) de reactivar una nueva guerra civil -hasta tan absurdas conclusiones lleva una visión mecánica de la historia-, el discurso de la "crisis" de la familia nuclear cristiana y, por tanto, la necesidad de promocionar tal modelo como el único posible y deseable en el tejido social. Ante la imposibilidad de echar mano del ejército, digo, a la derecha cañí española ya no le queda más recurso que... !et voilá!, !la protesta in-cívica y la contra-comunicación! Quién lo iba a decir.
Allí donde se levantan voces -individuales o colectivas- que claman contra la necesidad de que el Estado regule y ponga freno al flujo descontrolado de capital financiero, que construye y destruye economías locales a velocidad de vértigo y precariza como nunca al ámbito del trabajo, el neo-populismo de mercado responde con su discurso libertario, que exige la salvaguarda de los "derechos individuales" de los grandes propietarios y accionistas que se mueven por las redes del mal llamado "orden" económico global.
Allí donde se levantan voces que exigen la separación Iglesia-Estado, en una sociedad en la que decrece la influencia de la iglesia católica y deviene hacia un mayor pluralismo religioso, el pútrido racismo nacional-católico responde, con ayuda de ciertos sectores del establishment y sus portavoces mediáticos -y no sólo de la derecha neoliberal, sino del "centro" político que se sitúa en coordenadas social-liberales, en un reformismo que acepta, tanto discursivamente como de facto, las reglas de juego marcadas por la "libre" economía capitalista de mercado- con la táctica del victimismo rayano a la hipocresía más desvergonzado, situándose a sí misma como la sufridora de una supuesta "persecución" por parte del "fundamentalismo laico" que osa acabar, político-institucionalmente -y por lo tanto, socio-culturalmente- con sus injustificados privilegios educativos y económico-tributarios y su monopolio sobre la vida privada de las personas.
Allí donde se levantan voces contra la incansable propaganda del miedo al inmigrante o al chauvinista discurso que asocia la inmigración como causa real del aumento de los índices de delincuencia -las cárceles Españolas son las más concurridas de toda Europa-, la extrema derecha responde, por cuestiones de cálculo electoral -saben que el pueblo, a no ser sus 10 millones de votantes, si lo hacen, no se traga ya esa relación causal entre inmigración y delincuencia- con el hipócrita discurso de la "integración" y de la necesidad de "regulación" de los flujos migratorios, al mismo tiempo que permanecen en el más absoluto silencio cuando se desvela la realidad de una red de empresarios que, en el plano de la economía informal, contratan a los "sin papeles" y a los "ilegales" a los que luego se expulsa a su país de orígen. El "ilegal" es bienvenido, a efectos pragmático-económicos, en tanto en cuanto es mano de obra barata, y en tanto en cuanto no se establece en un país en donde se hace lo posible por preservar la esencia religiosa y cultural del cristianismo y la españolidad. Hablando en plata: Contribución momentánea a la riqueza "nacional", sí. Integración política y cultural real, no. Ésto podría atentar contra la "identidad".
Aquí, en España, todavía no existe un ministerio de la identidad, como en Francia, y lo cierto es que no hace falta, ya tenemos a la conferencia episcopal para conservar nuestras esencias. En Francia, la "conservación de la identidad" es una función que ejerce gustosamente la administración, pues ya hace mucho tiempo que allí se ha puesto a la Iglesia en su sitio. Aquí, las esencias no se conservan a golpe de ley, sentimos más pasión por la teo-política, ya que nuestra autocomplaciente socialdemocracia se viste de gala de vez en cuando y manda a algún diputado a calmar los ataques de ansiedad de Benedicto 16 ante tanta explosión de laico libertinaje.Allí donde haya sectores políticos y culturales críticos o escèpticos con el Hegeliano "espíritu" absoluto de la transición -sólo hace falta ojear material audiovisual no oficial de esa etapa o leer libros como "Soberanos e intervenidos" (Joan Garcés) y "Las sombras del sistema constitucional Español" (Juan-Ramón Capella) para caer en la cuenta de la complejidad de tal proceso y de la superficialidad de los mitos de la "inmaculada" y "consensuada" (sic) transición Española en la que tanto "participó" (sic) el pueblo-, la derecha cañí responde con acusaciones de "insolidaridad" y "escepticismo" (muchas gracias, esto último nos halaga). Por lo visto, la "insolidaridad" consiste en relativizar o poner en duda las "verdades" históricas elevadas al rango de certeza absoluta por los escribas oficiales de la historia que tanto venden en nuestras librerías y tanto gustan a la soporífera intelectualidad de tertulianos y doxósofos que se toman el "five o'clock tea" con María Teresa Campos y en otros tantos programas por el estilo.
Por si no fuera poco, y en búsqueda desesperada de algún símbolo con el que apelar emotivamente a la "unidad" frente al peligro de la "desfragmentación" del tejido social - obviamente, para diluir las energías críticas y el análisis. Condición previa para cualquier alternativa política seria, o para calmar nuestra latinísima y exasperante tendencia a caer en la dramática emotividad, inflada como siempre con el el discurso de la "ética" o la "moral"-, los portavoces mediáticos de la extrema derecha e incluso de la sensibilidad socio-liberal han dedicado continuos reportajes a la figura del rey y a la institución monárquica como "elemento cohesionador" de la nación, así como también han organizado actos rituales cara a la galería pública en los que la constitución aparecía como el tótem laico del que había que partir y que habría que proteger contra el tabú de la crítica. En realidad, a pesar de el discurso hegemónico sobre la "necesidad" de aceptar las consecuencias sociolaborales, económicas y ecológicas de la "modernidad" capitalista, en nuestra península sólo hace falta analizar fríamente ciertos comportamientos y rituales políticos para caer en la cuenta de que seguimos siendo una sociedad bastante totémica, tribal, incluso, en la que apelar a la capacidad de reflexión y análisis, o al esfuerzo por auto contenernos en nuestros juicios y debates, es poco menos que ser relegado al cajón del anacrónico romanticismo de los "utópicos" hombres de letras.
Así están las cosas: la extrema-derecha se ha apropiado de la máxima del Mayo Parisino, aquello de "La imaginación al poder". ¿Se han fijado ustedes de cuanto ha aguzado su imaginación dialéctica? Si este mundo le confunde, querido lector, tan solo ponga un discurso o un símbolo en su vida. En cuanto a la "verdad", las libertades, la igualdad y la justicia... ¡pamplinas! ¡de eso sólo hablan anacrónicos hombres de letras, hombre!

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